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Sobre Mitsunari Kanai Sensei

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por Stanley Pranin

Aiki News #37 (June 1981)

Traducido por Justina Soques

El siguiente artículo fue preparado con la gentil asistencia de Jonathan Olson de Canadá.

Mitsunari Kanai ha sido y siempre será una inspiración para mí. Yo le descubrí bastante por accidente durante un viaje a Los Angeles para un gasshuku unos 8 años atrás. Yo había regresado recientemente del Japón, en búsqueda de la esencia de la enseñanza de O-Sensei, y me hallé desilusionado con lo que en realidad había encontrado. Desprovisto de cualquier noción clara sobre cuál dirección tomar en mi Aikido, entré caminando a Los Angeles Aikikai y vi un joven japonés de pequeña estatura pero de fuerte contextura, con cabello largo y salvaje, combinado de forma inesperada con una mirada algo distante, e inmediatamente me sobrevino el interés. Pronto fue su turno de enseñar una técnica y hubo, no sé qué otra forma describirlo, una especie de despreocupación ardiente que impregnaba cada movimiento, y que mágicamente le daba vueltas a la llave que estaba dentro de mí y reavivaba una pasión por el arte que había estado ausente por mucho tiempo. Este hombre no caminaba – él pavoneaba. No proyectaba meramente a sus oponentes –eran catapultados. A todo esto, ¿quién era este tipo? ¿Por qué yo no había escuchado de él antes? Le pregunté a mi amigo, Francis Takahashi, cuál era su nombre y él simplemente respondió, “Kanai”. Bueno, yo había escuchado hablar antes de Kanai Sensei de Boston, pero yo le había clasificado erróneamente en mi directorio mental de los sensei como alguien gentil, un tipo con lentes que encajaba perfectamente entre la gente de Harvard. Usted ve, yo crecí al otro lado de la calle de una familia japonesa “nisei”, cuyo apellido era Kanai, y el padre era un tipo poco imponente e intelectual, y por supuesto muy agradable. También, mis habilidades extensivas del idioma japonés me habían dado el conocimiento inapreciable de saber que “kanai” es el término que utiliza el esposo japonés para referirse de forma condescendiente a su esposa. Hijo de un detective de policía, yo astutamente había juntado estas finas pizcas de evidencia para llegar a la conclusión que había necesariamente una semejanza entre los dos “Kanais”. ¡Ay de mí!, fui víctima de mi propia idea preconcebida; estaba totalmente falto de preparación para la realidad que me afrontó.

Después de ese fin de semana y por los siguientes 3 años, los miembros de nuestro dojo en Monterey, California asistimos a cada seminario que dio Kanai Sensei en la Costa Oeste, no solamente por el valor para la instrucción sino también por las sesiones “motivacionales” cuyo valor sicológico no se podía subestimar.

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