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El artista marcial en escena

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por David Lynch

Published Online

Traducido por Sergi Recio

Una exhibición de aikido debe tener un objetivo claro, debe ser didáctica y debe reflejar el entrenamiento diario en el dojo. No debería ser únicamente un entretenimiento o para promocionar una escuela.

Ésta era la idea general de un escrito publicado en un foro de Aikido Journal por Patrick Augé, veterano aikidoka del estilo Yoseikan. La mayor parte de los contribuyentes a ese debate estuvieron de acuerdo con el.

El Sr. Augé divide las exhibiciones en cuatro categorías distintas, que parafraseadas (con mis disculpas) son: “Ilógicas” (sin un objetivo claro), “Amenas” (para complacer al público), “Promocionales” (para aumentar las incorporaciones al dojo) o “Didácticas” (las buenas).

También considera que las exhibiciones deben reflejar la verdadera personalidad de un instructor y la filosofía de su estilo. Por ello no deberían necesitar ninguna preparación especial.

Las cuatro categorías mencionadas están bien en teoría, pero se me hace difícil restringir de este modo a algunos de los instructores principales, cuyas exhibiciones presencié en el Japón.

En primer lugar, una exhibición es más que entretenimiento, promoción o instrucción. Es también una expresión artística. En este sentido, el artista marcial es como cualquier otro artista, y seguramente su público le juzgue por el impacto que su arte les cause en su interior, independientemente de otros factores. Así que no tiene porque estar motivado por factores más materiales.

Es desde este punto de vista mucho más subjetivo que recuerdo las exhibiciones de Gozo Shioda en los sesenta, en que viví en el Hombu Dojo Yoshinkan como uchideshi. Algunas de las demostraciones de Shioda sensei, tanto dentro como fuera del dojo, me parecieron sobrecogedoras (en el sentido más lúgubre del término). En lo que a mi se refiere, subían el listón a muy alto.

No estaban planeadas, aunque solían seguir un esquema parecido. Sensei empezaba haciendo un resumen de la historia del aikido, empezando “hace 600 años” con Shinra Saburo Yoshimitsu, no con Morihei Ueshiba, aunque siempre se señalaba la vital contribución de este último.

A continuación usaba a uno o dos uke para ilustrar algunos principios básicos (no resistencia, “potencia concentrada”, etc) de forma dinámica. Mientras se dirigía al público y hacía chistes, iba arrojando a sus uke por todas partes, usando a veces todo su cuerpo en una especie de atemi para “rebotar” a su atacante hacia atrás. Normalmente había una parte de armas, que constaba de espada contra espada y también de defensas a mano desnuda contra ataques de espada y de tanto. Los uke se iban turnando a medida que Shioda iba desarrollando su repertorio, y al final cinco o seis uke le atacaban a la vez.

Shioda sensei respondía a estos ataques múltiples con una sincronización exquisita y con unos atemi y nagewaza bastante intimidantes, haciendo que uno sintiera una mezcla de fascinación y temor por los uke. Entre bambalinas, al finalizar la demostración, siempre se arrodillaba y hacía una profunda reverencia a sus uke y les agradecía su participación. Entonces todo el mundo se relajaba, aunque a todos nos quedaba la sensación de haber sido parte de algo extraordinario.

Por su parte, los uke se tomaban las exhibiciones muy en serio, y parecían estar preparados para cualquier consecuencia.

Recuerdo a uno que salió con los músculos de la cara palpitando sin control a consecuencia de haber recibido un atemi en el cuello. Cuando alguien comentó que podría ser algo serio y que habría que llamar a un médico, replicó “No me importa morir”. Quizás era bravuconería, quizás no, pero ilustra la atmósfera de seriedad que rodeaba a estas exhibiciones.

Los uke atacaban fuerte y rápido, y luego tenían que ser suficientemente habilidosos en el ukemi para evitar las consecuencias, como un piloto de carreras que entra en una curva cerrada a 150 Km./h y sabe que tiene que salir de ella aún más rápido si quiere mantener el control.

A veces había lesiones, algunas de ellas serias, pero se aceptaban con filosofía, y no se causaban deliberadamente. De hecho, circulaba un chiste sobre “lo bien que venía” que hubiera un hospital prácticamente pegado al dojo.

Recuerdo una demostración en que Shioda sensei proyectó duramente a su uke e inmediatamente se giró para dirigirse al público. Varios de los presentes miraban boquiabiertos la escena, pues uke se había quedado tumbado, inmóvil donde había caído. Sensei se volvió y le hizo recuperarse rápidamente mediante una reanimación katsu, lo que arrancó una ovación del aliviado público.

En exhibiciones públicas fui uke de sensei pocas veces, puesto que no tenía la experiencia suficiente como para hacer buen ukemi de sus técnicas. Desde luego, no me mataba por participar (algo que tal vez me hubiera pasado si lo hubiese hecho).

Como he dicho, la dificultad está en a cuál de las cuatro categorías corresponden las exhibiciones de Shioda. Un sacerdote Zen que presenció una de ellas dijo que fue un ejemplo de “mushin” (“no mente”), aunque por supuesto no quería decir “incoherencia”. Se refería al estado mental ideal en el que pensamiento y acción no están separados, la mente y el cuerpo son uno, y las cosas simplemente “suceden” sin ningún esfuerzo.

Las mejores exhibiciones de Shioda sensei en esos días eran magníficas expresiones de un artista magistral en acción.

Y también había otras exhibiciones del mismo sensei que me parecían muy por debajo de este nivel. En ocasiones la sincronización fallaba un poco, y las series de ataques múltiples eran menos convincentes, y había cierto “teatro” que me resultaba embarazoso.

Aplicaba un nikyo o yonkyo fuertes, y tenía a los uke retorciéndose de dolor mientras sonreía con malicia y hacía chistes a su costa. Desde luego, a veces parecía que los uke estaban interpretando un papel, y que no tenían motivo para actuar de modo tan exagerado, pero eso empeoraba las cosas. Uno se preguntaba por qué hacía falta tanto “show”.

A pesar del sincero reconocimiento del papel de uke que seguía a la mayoría de exhibiciones, había veces en que me parecía que se trataba a los uke con poca consideración. Como una vez en que hicimos una exhibición en un estudio de televisión y uno de los uke quedó claramente conmocionado, literalmente preguntando quién era y dónde estaba. Había hecho (o volado) lo mejor que había podido para hacer que la actuación de sensei luciera, y estaba de camino al tatami por una proyección cuando sensei le lanzó un tsuki directo a la mandíbula, de manera que su cabeza golpeó duramente el tatami. No había forma en que uke pudiera haberse salvado.

A continuación sensei dijo sencillamente “¿Estás bien?” y luego “¿Dónde puedo conseguir otro chofer?”

Llevé a la víctima de vuelta al dojo en mi coche, parando por el camino a tomar un café, y poco a poco se fue recuperando. Quizás Shioda sensei había previsto este resultado, pero si fue así dio poca señal de que le afectara. Parecía más preocupado por llegar a tiempo a su siguiente cita.

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