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Anatomía de un Ataque

por Stanley Pranin

Aiki News #32 (December 1978)

Traducido por Angye Alejandra Bahena García

El siguiente artículo fué prepararado con la amable colaboración de Jason Wotherspoon de Australia

Percibimos un ataque cuando consideramos que nuestras vidas o nuestro bienestar están en peligro, o cuando creemos que nuestro territorio, físico o psicológico, ha sido invadido. Por ejemplo, un niño de tres años que está enojado, sacude sus brazos y se aproxima a un adulto, normalmente tal hecho no es considerado como un ataque. Es decir, el adulto no considera la acción del niño como una amenaza física. Sin embargo, si el mismo adulto es objeto de un asalto a mano armada, sin duda sentirá que ha sido agredido. Imaginemos un tercer caso, en el que un experto en artes marciales se enfrenta a un hombre armado con un cuchillo. Es concebible que tal individuo debido a sus largos años de entrenamiento y de preparación mental, de ninguna manera se comportaría como si estuviera en una situación de emergencia y que de hecho aplicaría una medida apropiada a las circunstancias. En los tres casos la cuestión de si ha o no ocurrido un ataque, depende de la percepción de la persona atacada o de la persona que evalúa la escena.

En el reino psicológico, tenemos una situación análoga que puede ser, no obstante, infinitamente más compleja. Si un individuo siente que una acción (que no sea una agresión física obvia) o palabras, o la combinación de ambos, constituyen una amenaza a su bienestar mental o emocional, o una invasión a su territorio psicológico, probablemente actuará de una manera defensiva o contraofensiva. Nuevamente, lo que es importante no es el evento externo en si mismo, sino la percepción que tengamos de dicho evento. Por ejemplo, podemos ignorar totalmente alguna observación hecha por un amigo o familiar, sin embargo, las mismas palabras dichas por nuestro jefe, pueden ser muy amenazantes, ya que es él quien posee las llaves de nuestro bienestar económico. También podemos percibir un ataque, aún sin ser los destinatarios del discurso o comportamiento agresivo. Tomemos el caso de un hombre celoso que se siente “personalmente atacado” cuando un tercer individuo le presta demasiada atención a su esposa o amante (considerada psicológicamente como propiedad suya). De hecho, no es necesario que el “atacado” esté presente en ese momento. El simple informe del acto de agresión puede ser suficiente para que alguien “perciba” un ataque.

Por consiguiente, los tres ingredientes que parecen combinarse para producir un “ataque” son: la víctima (alguien que se perciba a sí mismo como amenazado) un agresor (quien puede estar o no consciente de su papel), y el instrumento del ataque tangible o intangible.

Si partimos de la premisa de que un ataque depende de la percepción de la víctima o de quien observa el evento, entonces prácticamente cualquier persona o grupo puede desempeñar el papel de atacante. Por consiguiente, cualquier intento de enlistar las características que distinguen a los “atacantes” sería forzosamente incompleto. Sin embargo, creo que es seguro decir que existen ciertas imágenes estereotipadas que la mayoría de nosotros identificaría como tipos de “atacantes”: un hombre grande físicamente con una cara “siniestra”, un individuo armado a punto de cometer un acto de violencia física, una persona verbalmente agresiva, una persona que invade los límites de nuestro espacio personal, la gente emocionalmente perturbada, alguien en posición de poder, real o imaginado, con respecto a nosotros y con quien no estamos en buenos términos, etcétera. En un nivel superior de abstracción, el atacante puede ser reconocido como grupo. Por ejemplo, la Alemania nazi, los comunistas, imperialistas, estudiantes radicales, el Ku Klux Klan, etcétera.

Si el agresor manifiesta su poder o fuerza de innumerables maneras, la víctima, por otra parte, revela su debilidad en cierta forma. ¿Cuáles son las imágenes mentales que se evocan al mencionar la palabra “víctima”? Quizá una persona físicamente pequeña, de apariencia débil, alguien cuya postura y lenguaje corporal sugieren pasividad y retracción, el individuo verbalmente inarticulado o indeciso, personas con dificultades financieros, o alguien que no esta en plena posesión de sus facultades mentales, encajaría en nuestra preconcepción de lo que es una “típica víctima”. Nuevamente, mientras el atacante puede ser identificado como grupo o institución, también la víctima puede demostrar que forma parte de un grupo o clase de individuos (los pobres y iletrados, el Tercer mundo, los contribuyentes, trabajadores, etcétera).

Al investigar la mecánica de un ataque, hemos aludido varias veces al uso de un arma o a ciertos patrones de comportamiento a los que llamaremos “instrumentos de ataque”. Estos pueden ser un objeto físico: un palo, cuchillo, pistola, puño, etcétera. Ejemplos menos tangibles de instrumentos de fuerza serían: diversas formas de expresión verbal o la coerción que lleva al la excitación emocional (gritos, críticas, insultos) la amenaza de fuerza física (“¡Te romperé los dientes!”), el uso de presión económica (“!si quieres conservar tu trabajo, has lo que te digo!”), o quizá el ejercicio de algún tipo de presión social o política (“para ser franco, Sr. Senador, si ésta propuesta no es aprobada, no creo que nuestra organización sea capaz de seguir apoyando su candidatura en la próxima elección”). Incluso la “reputación” de una persona puede ser utilizada a voluntad, como arma psicológica, si se conoce su uso o abuso potencial. (“!El Sr. X es un verdadero manipulador!” o “Ese tipo acosa a cada mujer que tiene a la vista) Tale ejemplos de uso de fuerza, varían de lo extremadamente obvio a lo increíblemente sutil.

¿Qué es lo que el practicante de Aikido obtiene al comprender la “anatomía de un ataque? Todos nos convertimos en “atacantes” y “víctimas” voluntariamente o no, en numerosas ocasiones a lo largo de nuestras vidas. Asumiendo que la mayoría de nosotros consideramos el ideal marcial de O-Sensei como un modelo relevante y factible que puede ser aplicado sistemáticamente en nuestra vida diaria y no solamente como un vago “sueño imposible”, entonces podríamos echar un largo vistazo a nosotros mismos e intentar descubrir cómo nos ven los demás. ¿Inspiramos confianza o desconfianza, amor o miedo, respeto o compasión? ¿Cómo podemos reformar nuestras imágenes de manera que evoquen en otros la clase de respuesta que deseamos de ellos? ¿Qué patrones de comportamiento podemos usar o evitar para armonizar mejor con aquellos que nos rodean? La verdadera reflexión de tales cuestiones puede conducir a la aplicación consciente de los principios del Aikido en todas las áreas de nuestras vidas y de paso, ampliar la influencia constructiva del Aikido en la sociedad en conjunto.