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Inclinarse ante la realidad

por David Lynch

Aikido Journal #116 (1999)

Traducido por Sergi Recio

Parece increíblemente obvia, pero constantemente me encuentro con gente que parece incapaz de ver la diferencia entre entrenar y pelear.

Algunos, por ejemplo, insisten en que tienes que mantener la mirada fija en tu compañero mientras saludas, por si te aporrea en la nuca, te da con la rodilla en la cara o te hace algún otro ataque traicionero.

Sin embargo, supera mi imaginación el que alguien vaya a saludar en una pelea auténtica —sin entrar en si “pelea” es la palabra adecuada para el aikido— así que no alcanzo a comprender qué tienen estas personas en mente. A menos, claro, que se trate de preservar algún código de honor arcaico, en que los contendientes se inclinan uno ante otro antes de abalanzarse a una bronca a vida o muerte.

En su versión contemporánea, esto empezaría con un sofisticado saludo con la gorra: “Pepe Tunante, de la noble familia de los Tunante, a vuestro servicio, caballero. Concededme el honor de un combate a muerte. ¿Navaja trapera o cadena de bicicleta? A vuestra elección”.

Me parece que no tiene sentido confundir el entrenamiento en el dojo —a saber: el estudio de unas técnicas y los principios que las sustentan, en un entorno seguro y con un compañero colaborador— con una especie de reyerta.

En el dojo se siguen ciertas maneras, se trazan límites, y todos los implicados entienden (¿no?) que están entrenando, no peleando. ¿De qué otro modo se pueden practicar técnicas potencialmente letales? ¿De qué otro modo se pueden asimilar los principios mentales y espirituales del arte?

Si el entrenamiento en el dojo tiene que equivaler a un “combate real”, tiene poco sentido llevar uniforme y entrenar descalzos, sobre colchonetas y usando (¡peor todavía!) formas de ataque preestablecidas. ¡Qué poco realista!

¿Podría ser que la confusión se deba al hecho de que tantas artes marciales se han convertido en deportes competitivos? ¿O es que la industria cinematográfica de Hong-Kong ha saturado tanto la mente del público con escenas de buenos y malos zurrándose para demostrar quién tiene el mejor dojo, que esta imagen de celuloide se ha convertido en la única referencia para según quién?

La etiquete en el dojo es algo que se toma muy en serio en el aikido, donde se considera el saludo una parte importante del mismo, complementaria al aspecto marcial. El acto de hacer una reverencia se originó, al igual que el apretón de manos, como gesto de respeto y confianza. Inclinarse con el corazón lleno de desconfianza contradice su significado. También es de muy mala educación, y la lógica de quienes persisten en hacerlo se me escapa del todo. Estoy abierto a que se me corrija, pero creo que éste es un ejemplo más de una actitud competitiva errónea, que es especialmente inapropiada en el entrenamiento del aikido. También lo vemos en las personas que continuamente resisten las técnicas.

¿De dónde viene esta necesidad desesperada de “realismo”? Debe tratarse de un adelanto moderno, a juzgar por su total ausencia en las formas de entrenamiento antiguas, incluido el aikijujutsu.

No tengo mucha experiencia en “peleas callejeras” (en general voy en coche cuando estoy “en la calle”), así que puede que se me escape algo. La idea de que hay un montón de gente mala “ahí fuera” y que no te puedes fiar de nadie potencia este enfoque negativo del entrenamiento. Pero sospechar constantemente de nuestros semejantes sería una forma de vivir —o más bien de no vivir— bastante lamentable, y seguramente la sociedad no ha llegado todavía a ese triste nivel.

Entrenar la atención (una idea con tantas interpretaciones como defensores) es importante, pero es algo que no depende sólo de la vista. De hecho, muchos maestros de budo instruyen especialmente a sus alumnos para que no miren directamente a los ojos a sus oponentes. No veo que haya un conflicto entre el entrenamiento cooperativo de aikido y el entrenamiento de la atención. En lugar de competir unos con otros, deberíamos esforzarnos en desarrollar nuestra atención consciente durante el entrenamiento, de modo que cada uno de nuestros movimientos cobre vida y no sea una simple repetición mecánica.

Aprender las técnicas de memoria mecánicamente puede llevar a reacciones inconvenientes (por eso se nos advierte contra encasillarnos en la forma) pero no me imagino a nadie yendo tan lejos como para automáticamente hacer una reverencia ante un atacante resuelto a hacerle daño. Hay un chiste sobre el villano, al que el agente de policía tiene sujeto con una llave de muñeca, que hace la señal ortodoxa de sumisión dando una palmada con su mano libre, e inmediatamente sale corriendo cuando el agente por reflejo le suelta. Parece posible, aunque raro, que tales hábitos de entrenamiento puedan manifestarse en mal momento.

Aunque tengo que admitir que en una ocasión yo mismo me beneficié de un reflejo parecido durante un campamento de aikido en el que me la quisieron jugar. El último día salían voluntarios al tatami para enfrentarse a ataques múltiples con distinto número de ukes. Cuando llegó mi turno, alguien había hecho pasar la voz disimuladamente, y el grupo completo de cincuenta y tantos se puso en pie de un salto y se abalanzó hacia mi. Tras unos frenéticos segundos esquivando a los cabecillas, solté un fuerte kiai, del tipo “¡Aieeeeeeee!” y me dispuse a enfrentar mi destino, pensando que al menos caería luchando.

Para mi sorpresa, todo el mundo dejó de atacarme, se arrodillaron y saludaron educadamente. Al parecer, creyeron que había gritado “¡Yame!” (“¡Alto!”). Resultó ser el kiai más efectivo que hubiera podido desear, aunque me sentí un poco tonto cuando la demoledora fuerza enemiga se evaporó de golpe.

Somos animales de costumbres —producto sin duda de nuestro entorno, de las que no es fácil deshacerse.

Comprobé este hecho hace poco, desde un ángulo diferente, cuando le pregunté a un instructor japonés de alto rango cómo aplicaba sus cuarenta y pico años de aikido a su vida cotidiana.

Sus respuestas fueron fascinantes: “Cuando me emborracho, llego a casa y hago ejercicios de respiración Aiki para reducir los efectos de la resaca por la mañana”. Y también “He acumulado grandes deudas, pero mi entrenamiento me permite tomármelo con filosofía, mientras que una persona corriente (sin entrenamiento) se habría puesto enfermo por la preocupación”.

Al parecer, no se le había ocurrido a este sensei usar sus conocimientos para mantenerse sobrio o llevar mejor sus cuentas. Evidentemente, su entorno todavía ejercía una influencia considerable sobre él.

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