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Fines y Medios: ¿Para qué entrenamos?

por David Lynch

Aikido Journal #109 (Fall/Winter 1996)

Traducido por Sergi Recio

El teléfono acaba de sonar y un joven se ha lanzado a un detallado interrogatorio sobre el aikido: ¿Qué tal se defendía contra otras artes marciales?, ¿cuánto tiempo costaba aprenderlo?, ¿y si me tenía que enfrentar a un cinturón negro de otro estilo?, etcétera. Era la lista clásica de preocupaciones que parecen atormentar a muchos aspirantes a artista marcial, y cuando ya no me pude aguantar la risa, hubo un dolido silencio al otro extremo de la línea.

Me disculpé por mi involuntario alborozo y le di la vuelta a su interrogatorio, preguntándole si le había atacado recientemente un experto en karate, cuánto tiempo creía que se tardaba en aprender cualquier cosa, como por ejemplo el piano, y exactamente por qué tenía esa urgente necesidad de invencibilidad.

Desde luego, no son sólo los recién llegados al aikido los que albergan estas preocupaciones, y no es infrecuente encontrar a aikidoka de larga experiencia yendo disimuladamente a estudiar artes marciales más “efectivas” para cubrirse contra los “puntos débiles” que se perciben en el aikido. Luego están los fanáticos que compensan su profunda inseguridad convirtiéndose en machacadores, dando prueba de sí mismos y de la “realidad” de su enfoque cada vez que estrellan la cabeza de algún desgraciado uke contra el tatami, o les meten un sankyo que les deja doloridos durante días o semanas.

En el otro extremo están los que citan a O-Sensei sobre “el amor” y “la armonía”, desde luego sin tener su profunda experiencia, y pasan a negar que el aikido sea un arte marcial en absoluto.

Es casi como si O-Sensei hubiera sufrido un Desorden de Personalidad Múltiple, en el que en un momento dado fuera Arnold Schwarzenegger y al siguiente la Madre Teresa, dejando un legado de seguidores polarizados, dispuestos todos a citar los dichos y hechos del Gran Maestro para apoyar sus divergentes puntos de vista.

Supongo que como la mayoría de aikidoka normales, a veces tiendo a oscilar entre los extremos, pero me esfuerzo en llegar a un compromiso, en encontrar un camino que me sirva y que sea coherente con las circunstancias que me rodean. Doy gracias por tener el lujo de poder plantearme este problema, que no debe trivializarse, puesto que como seres humanos debemos hallar respuestas para la violencia o enfrentarnos a la extinción. En el microcosmos del mundo del aikido, nos enzarzamos con cuestiones que, llevadas a sus últimas consecuencias, amenazan toda la vida del planeta. Consideremos por un momento la cuestión nuclear.

Nueva Zelanda Antinuclear

Con la caída del bloque Soviético y la consiguiente desaparición de la principal amenaza que supuestamente justificaba la estrategia de disuasión nuclear de las potencias occidentales, la política antinuclear de Nueva Zelanda resultó estar adelantada a su tiempo. Cuando hace diez años nos convertimos en una nación no nuclear por ley y nos granjeamos la ira de los Estados Unidos por negarnos a aceptar las visitas de sus barcos de guerra cuando “ni confirmaban ni negaban” que llevaran armas nucleares, fuimos objeto de burlas y discriminaciones de todos los bandos.

Se trató, me complace decir que sin éxito, de forzar a Nueva Zelanda a aceptar el mismo tipo de totalitarismo internacional contra el que supuestamente debíamos estar prestos a defendernos. La “razón de la fuerza” era algo que no se discutía, del mismo modo que en la mente de algunos, parece no haber discusión respecto a que hay que esforzarse por lograr un aikido efectivo en combate, independientemente de otros factores.

¿Son realmente nobles los guerreros?

Habiendo sido toda la vida más un cavilador que un guerrero, no pretendo faltarle al respeto a estos cuando digo que no veo al combatiente como al epítome de la civilización. Estoy bastante seguro de que si, confundiéndose de siglo, un samurai se me plantara de golpe delante en la acera, o cruzaba yo la calle o acabaría destrozado enseguida.

Podéis llamarme blandengue o realista, no cuento con que mi cartera llena de danes de aikido me salvaría de una ignominiosa paliza o de una muerte prematura en tales circunstancias. Aún así, no paso las noches en vela atormentado por mis incapacidades como artista inmarcial. Más bien doy gracias por vivir en una época bastante civilizada, en la que no hace falta defenderse contra un ataque físico cada minuto.

Quizás la nobleza del guerrero significó algo en los días anteriores a la pólvora, y un entrenamiento que aspirara a desarrollar ese tipo de espíritu merecería bastante la pena. Pero no veo absolutamente nada de lo que estar orgulloso en sólo querer alcanzar habilidad técnica en luchar o en matar.

Puede parecer exagerado comparar el budo con “la Bomba”, pero me parece que es la conclusión lógica cuando se desarrolla una fijación por la efectividad. Aunque fuera posible comparar una forma de budo con otra sin tener en cuenta la cuestión de la habilidad personal, y cuesta imaginarlo, la búsqueda de la forma más efectiva sólo puede llevarnos hacia mayores conflictos, mientras que el aikido debería llevarnos en dirección contraria.

Cuando a David Lange, nuestro primer ministro cuando el debate antinuclear estaba en lo más alto, le preguntaron que pasaría si la URSS soltara una bomba atómica sobre una Nueva Zelanda que no tuviera la protección del paraguas atómico de los EE.UU., respondió inmediatamente: “Nos freiríamos”.

Lógicamente, en una guerra nuclear todo el mundo se freiría, y es decididamente vital que los países, como los individuos, encuentren alternativas a una violencia en constante escalada que sólo puede acabar en una situación en la que todos pierden. El aikido es una forma de afrontar este problema a nivel individual, y sólo es cuando hallamos paz en nosotros mismos cuando podemos ser capaces de crearla en la sociedad en general.

Cuidado con el huraño

No pretendo ser frívolo ni ofender a los artistas marciales serios cuando digo que mi lema es “La pluma es más fuerte que la espada”, pero creo que todavía hay demasiados aikidoka que confunden las prioridades cuando discuten acaloradamente sobre la efectividad marcial de las técnicas de aikido, y posponen mientras tanto cualquier intento de entender las filosofía de “El arte de la Paz”.

De paso, espero que los lectores disculparán cualquier error que pueda aparecer en mis artículos. Y confío en que nadie se quejará de que mis ocasionales intentos de humor dan una ligereza inadecuada a cuestiones que se supone que son mortalmente serias, o seriamente mortales. Al mismo tiempo, me da que la falta de sentido del humor es una de las cualidades de un artista marcial claramente errado.

Por supuesto, las palabras pueden llevar a confusión, y es difícil escribir con libertad cuando hay que estar atento a posibles malentendidos, faltas de etiqueta y ser políticamente correcto, por no mencionar las confusiones interculturales.

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