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Una visión holística del Aikido: La única que merece la pena

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por David Lynch

Aikido Journal #112 (1997)

Traducido por Sergi Recio i Coll

Guy recibió tres puñaladas en la espalda.

Alumno de nuestro dojo con el a menudo arriesgado trabajo de encargado de discoteca, estaba tratando de sujetar a un joven delgaducho y con el pelo verde que había atacado a un miembro del personal. Mientras Guy le sujetaba por la chaqueta desde delante, el del pelo verde se puso hecho una furia, pasó el brazo alrededor de Guy y se puso a apuñalarlo frenéticamente en la espalda con una navaja automática.

No era una situación contemplada en las técnicas de aikido estándar.

Por suerte, y quizás porque esa no era la forma más efectiva de acuñalar a alguien, el cuchillo no penetró ningún órgano vital, aunque perforó una arteria y Guy podría haberse desangrado si la ambulancia no hubiera llegado a tiempo.

Cuando sus heridas curaron volvió al tatami a entrenar con su entusiasmo de siempre.

Ninguna técnica de aikido podía haber preparado a Guy para esta situación, y es improbable que alguna escuela de aikido hubiera enseñado una defensa específica contra una cuchillada en la espalda realizada desde el frente.

No es difícil, pasado el suceso, pensar en estrategias defensivas que podrían haberse empleado, y en combinaciones de técnicas que podrían haber contenido la situación. La distancia de seguridad (maai), la atención y la capacidad de adaptarse a lo inesperado habrían sido de vital importancia. Pero estos aspectos mentales son también más fáciles de decir que de hacer.

Los que insisten en ver el aikido desde la unidimensionalidad de la defensa personal podrían aferrarse a este caso para condenar a nuestro dojo por no enseñar maniobras prácticas. Podrían llegar a decir que este incidente no hace más que mostrar lo inútil que resulta el aikido en una situación real.

He mencionado este incidente no para recrearme en lo llamativo, sino para apoyar mi creencia de que de ningún modo la técnica por sí sola te prepara para enfrentarte a una situación así. La realidad de la que la gente tanto habla tiende a ser una del tipo que se imaginan que podrían controlar, si aprendieran la técnica adecuada. Y eso es más fantasía que realidad.

Sin meterme en filosofía o religión, los aspectos psicológicos del entrenamiento rápidamente pasan a ocupar l aposición de importancia en una situación de peligro real como la descrita. Y aún teniendo este aspecto por mano, todavía puedes tener la suerte en contra: estar en mal sitio en mal momento.

De modo que, para ser realmente prácticos, no podemos saltarnos consideraciones de mayor alcance, como la forma en que vivimos nuestras vidas, si nos debemos meter en situaciones de peligro potencial, y cómo podríamos contribuir a reducir el nivel general de violencia en nuestra sociedad. Estas cuestiones siempre han sido parte del aikido, pero a menudo las descartan por irrelevantes los abogados unidimensionales del realismo en el entrenamiento. Me refiero a esos a quienes les gustaría sacar sólo las técnicas más efectivas del aikido y deshacerse de toda la filosofía sobrante.

Hay una anécdota Zen que viene muy al caso, sobre el discípulo de un maestro de espada, a quien tras su ingreso asignaron tareas mundanas, como limpiar el jardín del dojo, sin enseñarle ninguna de las técnicas de espada que había venido a aprender. Se quejó y pidió tener alguna experiencia de esgrima auténtica, para lamentarlo inmediatamente, porque el maestro empezó a acosarle sin piedad con una espada de madera. Dondequiera que fuese, el maestro le saltaba saliendo de no se sabe dónde y le atacaba, dándole desde luego muestras de esgrima auténtica. Su vida se convirtió en un infierno.

Totalmente azorado, el discípulo acabó suplicando que se le permitiera retomar sus faenas en paz. Su labor adquirió entonces una sensación nueva de atención y concentración.

Pasado un tiempo tuvo la idea de desquitarse, y viendo al maestro en una posición vulnerable, con las dos manos ocupadas removiendo una olla de sopa en la cocina, le atacó con su espada de madera. Sin titubear, el maestro bloqueó el ataque con la tapadera de la olla y remojó al discípulo con el cucharón caliente.

Si recuerdo el relato correctamente, la moraleja parece ser que la verdadera maestría va más allá de la técnica, y que el entrenamiento tiene que empezar y terminar con la disposición mental adecuada. Las tareas del dojo son parte del proceso de sacar a la luz esta disposición mental, sin la cual la técnica sola no serviría para nada. Una dosis intensa de realidad, en el momento adecuado, podría llevar al alumno a darse cuenta de esto.

Me pregunto cuántos de los críticos del aikido estarían dispuestos a ponerse frente a un ataque real, serio. Me imagino que, como el discípulo del relato, votarían rápidamente por un retorno a la vida normal.

Hoy en día, por supuesto, puede que no haya muchos voluntarios para este tipo de entrenamiento y hay pocos maestros (senseis-psicólogos) capaces de usar ese enfoque con éxito. Pero sería arrogante y necio –y nada realista– centrarse exclusivamente en la técnica. Un entrenamieno holístico, que implicara todos los aspectos de la vida, sería el único rumbo sensato y productivo, junto con la determinación de evitar meterse en follones.

Realmente, las situaciones a vida o muerte no pueden ensayarse, independientemente de lo “realista” que sea tu entrenamiento, y la violencia real y descontrolada no es algo que una persona cuerda saldría a buscar. Si quieres jugar a ser fuerte o habilidoso en una competición (con limitaciones estrictas en el grado de realidad) hay cantidad de deportes competitivos en los que puedes hacerlo hasta hartarte. No son budo, no son aikido y no son realistas.

También puedes comprarte una navaja automática.

Igual que la gente subestima la dificultad de manejar un enfrentamiento a vida o muerte, creo que subestima y minusvalora la profundidad y alcance del aikido. Querrían algo que pudieran dominar en unos pocos años, que les hiciera lo suficientemente fuertes como para retar a cualquiera con impunidad y que quizás incluyera cierta medida de “poder misterioso” a la vez.

En mi experiencia –reconozco que sólo de 35 años– esto es totalmente quimérico. El aikido me ha mostrado lo vulnerable que soy, en lugar de llenarme de poder. Aprehender su mensaje de paz puede no ser fácil, puesto que requiere un cambio interior, pero me parece el único enfoque que merece la pena. La increible variedad y sutileza del aikido me hace sentir un principiante perpetuo.

El aikido puede resultar tan profundo como te dediques a explorar por tu cuenta, y una verdadera fuente de energía y revelación, un camino que guíe cada aspecto de tu vida, pero si te quieres centrar exclusivamente en sus aspectos “prácticos” puede que estés llamando a tu vida algo que puedes acabar lamentando. Y te estarías perdiendo tanto…