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¿Alguien hará algo?

por Russell Pearse

Published Online

Traducido por Angye Alejandra Bahena García

Recientemente experimenté un incidente que explica la razón por la que estoy estudiando aikido. El suceso ocurrió en una piscina local en donde mis hijos tomaban clases de natación. Era una mañana sabatina normal, abarrotada con docenas de niños aprendiendo a nadar y una multitud de padres alineados en la orilla de la piscina. Una mujer deambulaba entre la gente tocando a todo el mundo en la cabeza diciendo “Dios es amor”.

Ella continuó alrededor de la piscina colocando su mano en la cabeza de la gente, una actividad no muy amenazadora, pero si desconcertante. Se acercó al área en donde muchos niños se mezclaban, esperando a que las clases comenzaran, y empezó a tocar las cabezas de los niños. Un miembro del personal de la alberca se acercó a ella y le pidió que se detuviera. Ella se negó. Él tomó su brazo y le pidió nuevamente que se detuviera. Rápidamente ella volteó, sujetó al hombre e intentó aventarlo a la piscina. El logró zafarse y ella brincó al agua, completamente vestida. Continuó tocando las cabezas de los niños que nadaban alrededor de ella.

Ella nadaba de un carril a otro y mientras se acercaba al carril en donde mi hija nadaba, yo me acerqué listo para intervenir. Mientras más se acercaba a mi hija, sentía un fuerte instinto protector. La mayoría de los padres observaban de cerca y los niños intentaban evadirla. El personal de la alberca le pedía que saliera de la piscina y dejara en paz a los niños. Uno de ellos, un hombre joven, entró a la alberca y tomó su brazo intentando llevarla sacarla de ahí. Ella era una mujer alta y fuerte así que lo venció fácilmente.

En ese momento la gente se sentía un poco ansiosa, y personal de la piscina le pedía que saliera de la alberca. Ella los salpicaba de agua diciendo: “Dios es amor”. El personal intentó nuevamente sostenerla pero de repente se volvió más agresiva y gritó enojada “No”. En ese instante la situación se transformó de extraña y desconcertante a una situación potencialmente amenazadora, especialmente porque había niños cerca. La mujer había cambiado de tranquila a agresiva en un abrir y cerrar de ojos.

Me di cuenta de que no había nadie que quisiera o pudiera hacerse cargo de la situación, la mayoría de la gente se alejaba y miraba y el personal de la alberca era incapaz de asumir autoridad. Concluí que algo debía hacerse y permanecí cerca esperando una oportunidad. La directora del personal se acercaba a la mujer diciendo: “por favor salga de la piscina, la policía está en camino”. La mujer se lanzó hacia delante, tomó su brazo e intentó jalarla al interior de la piscina. Yo avancé y tomé su muñeca. Otro padre caminó hacia delante también y tomó su brazo. Juntos la sacamos. Mientras luchaba en la orilla de la piscina, rápidamente ajusté mi agarre y apliqué una llave en sankyo en su muñeca. En ese momento supe que la situación había cambiado de manera sutil. Las circunstancias habían cambiado, de una cantidad desconocida de posibilidades que tenia para actuar, intervine concretamente. Con una llave en sankyo pude influir en los acontecimientos.

El personal y algunos padres sostuvieron a la mujer e intentaron levantarla y llevarla fuera del área de la piscina, pero yo dije “no, permitan que ella se levante”. Mientras se levantaba yo reforcé la llave en sankyo y le ordené: “Por favor venga conmigo”, dirigiéndola lejos del área de la alberca y de los niños. La conduje hacia una pared baja del jardín, diciéndole, “Por favor siéntese” motivándola aplicando presión en su muñeca y en su antebrazo.

Entonces se dio cuenta de que no podía moverse e intentó forcejear y arañar mis manos con su mano libre, murmurando y rezando incoherentemente. Intentó alcanzar mi cara con su mano, pero no pudo. Parecía cambiar rápidamente de ánimo de agresión a pasividad, de enojo a súplica, de lo intenso a lo irracional. Ella parloteaba constantemente en un momento de conciencia: “Dios es amor… El Señor es mi pastor… Sus pecados serán perdonados… salven a los niños…” Sus ojos estaban muy abiertos la mirada perdida y parecía no tener conciencia de los que pasaba a su alrededor, excepto por el hecho de que yo la inmovilizaba. Varias veces intentó ponerse de pie y utilizar su peso y su fuerza para oponerse a mí, pero un pequeño incremento de presión en su muñeca y un “por favor siéntese” impidieron que escapara.

Mantuve la llave durante quince minutos aproximadamente hasta que la policía llegó. La solté e inmediatamente se levanto e intentó irse. Los tres policías con dificultad la sentaron nuevamente y la esposaron. Más tarde me enteré de que ella era la madre de uno de los niños. El día anterior había estado trabajando en la cafetería de la escuela de su hijo. Pero algo le pasó. Algo ocurrió, se rompió o cambió, y ella había pasado de lo racional a lo irracional. Fue una experiencia impresionante y aún recuerdo ver en sus ojos vacíos color azul claro sabiendo que no estaba allí. Ella no comprendía ni tenía conciencia de sí misma ni de lo que sucedía a su alrededor, sólo existía lo impredecible.

Desde entonces he reflexionado varias veces sobre cuán frágil e incierta es nuestra comprensión de la realidad, y sobre si actué de manera correcta. Esperamos que la gente actúe y reaccione de manera predecible, y encontrar lo impredecible me hizo cuestionarme sobre mis propias acciones. Me di cuenta de que la mayoría de la gente no es capaz de manejar tales situaciones y que solamente se aparta esperando que alguien alga algo y que todo vuelva a la normalidad. Comprobé que el aikido me ha dado algunas herramientas con las cuales puedo intervenir en una situación. Por supuesto este fue un incidente menor y no hubo violencia, a pesar de que hubo un incidente inquietante, una amenaza o una posibilidad de violencia. Pero el aikido me permitió controlar a la mujer y neutralizar la posibilidad de que la situación se intensificara en proporciones desconocidas. Nunca golpeé ni lastimé de ninguna forma a la mujer. Tranquila y pacíficamente la contuve sin dañar a nadie, quizá sólo hubo una pequeña molestia por parte de ella.

También me di cuenta de que el entrenamiento conlleva una gran responsabilidad. Mucha gente permanece a un lado esperando que alguien más actúe. No digo que debamos arriesgarnos exponiéndonos como blanco a la violencia potencial, sin embargo, a veces alguien tiene que hacerse cargo de la situación antes de que las cosas salgan de control. Respeto profundamente a los policías y otros profesionales cuyo trabajo es salir de la multitud y actuar, a pesar del peligro y la posibilidad de sufrir daño. La policía está entrenada para manejar tales citaciones, pero si no están presentes ¿a quién le corresponde actuar? ¿Nos proporciona el aikido un gran capacidad para enfrentar tales situaciones, y de ser así, con tal capacidad, tenemos también la gran responsabilidad de actuar?

Muchas veces escuchamos sobre circunstancias en las que la gente no actúa. Recuerdo una historia de una mujer que en un callejón en Nueva York fue golpeada y violada por una banda de jóvenes. A pesar de sus lamentos y gritos de ayuda, nadie la auxilió ni llamó a la policía. Al parecer docenas de personas en los edificios cercanos escucharon sus gritos, pero todos supusieron que alguien más haría algo o llamaría a la policía.

Me parece que hay mucho en el entrenamiento del aikido sobre la conciencia y la responsabilidad. A través de acciones tan simples en el dojo tales como notar que algo necesita limpieza y tomar responsabilidad para hacerlo nosotros mismos, hasta observar que otros estudiantes entrenan con nosotros y comprometernos a no proyectar a nuestro compañero en una posición peligrosa. Estamos concientes de las habilidades y debilidades de nuestros compañeros y ser responsables al preocuparnos por su bienestar para no lastimarlos o lesionarlos. Estamos concientes de las situaciones potencialmente peligrosas y somos responsables evitándolas o neutralizándolas.

El aikido me permite responder según lo requieran las circunstancias. En una situación relativamente apacible pude responder de manera suave. En sucesos más peligrosos el aikido nos proporciona herramientas para responder de una forma más enérgica. Esto me recuerda una situación que involucra a un conocido quién es un experto en karate. Al parecer provocó la ira de tres mujeres en la carretera mientras conducía su auto. Cuando detuvo su coche las mujeres también se detuvieron y lo atacaron. El sabía que no podía pelear porque un golpe o patada de karate hubiera inflingido una lesión seria o algo peor. También estaba consciente de que estaba legalmente clasificado como un arma letal y que al utilizar sus habilidades de karate hubiera sido propenso a una acción legal. En consecuencia, solo intentó defenderse y terminó en un hospital.

Como decía un Sensei, el aikido es sobre opciones. Es acerca de salir de la línea y colocarnos en tal posición para que tengamos varias opciones y enfrentar tal situación. La opción de un puñetazo o atemi, una proyección o inmovilización, o simplemente la opción de escapar. Entrenamos para enfrentarnos a la violencia y a la agresión de manera proporcional al peligro. Una situación como la de la piscina pudo ser resuelta con un suave sankyo, una amenaza mayor puede resolverse de manera más enérgica.

Para mí, esta es una de las grandes bellezas del aikido como arte marcial. Se ha dicho bastante que el aikido es un arte de paz y armonía. Profundicé un poco en este concepto cuando me di cuenta de que el aikido es una respuesta proporcional y equilibrada a una situación determinada. Utilizamos tanta fuerza como lo requiera la situación y en proporción a la agresión. Nos incorporamos a una situación y la fuerza del atacante se revierte en su contra.

En una situación determinada existen muchas opciones y posibilidades. Si alguien tiene que hacer algo ¿Por qué no nosotros?