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Una vida en el Aikido (15)

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por Gozo Shioda

Aiki News #86 (Fall 1990)

Traducido por Fernando Villanueva

Goza Shioda asienta su nueva vida en Pontianak, Borneo y se rodea con animales y lujos. Su reputación local se eleva aun más cuando empieza a enseñar Aikido a miembros de la Fuerza Especial de Policía.

El Zoológico Shioda

Yo naturalmente, amo tanto a los animales, que compré nueve monos en Macasar y Surabaya y los traje a Pontianak. Después de que vine a Borneo, me quedé con tres jóvenes orangutanes. Además, mi familia incluyó nueve perros, como 40 patos y aves domésticas, ocho gansos, un ciervo de borneo que pesaba como 150 libras, y dos simios de brazos largos. Ya que tenía tantos animales mis colegas de negocios en Pontianak llamaban mi casa el Zoológico de Shioda. En lo particular, un joven orangután llamado Saburo, era mi amigo favorito. Él solía acompañarme a donde sea que fuera, a la cama, a trabajar, y aun a las películas. Cuando iba a mi cama, él solía limpiar sus pies con un trapo para polvo y arrastrarse debajo del mosquitero, asegurándose por detrás de que los mosquitos entraran, y después se recostaba a mi lado. Cuando me peinaba el cabello y me alistaba para salir el también apresuradamente se peinaba el pelo enfrente del espejo, imitándome. Tenía dos juegos de ropa hechos para él, un vestido de día para salidas, y un juego de ropa para el diario. Siempre que salíamos, él solía pedirme que lo vistiera en su traje de día trayéndomelo. Él era realmente un simio muy mono. El medio de transporte primario era la bicicleta. Cuándo me vio andar en mi bicicleta, él solía traerme mi mochila enfrente de mí. Cuándo veía una película si me reía en una escena graciosa, él solía expresar su complacencia también con todo su cuerpo, manoteando con sus manos y pies. A veces sentía como sí él fuera un niño humano.

Esta era la naturaleza de mi vida cotidiana. Para darle algo de variedad a mi monótona existencia, ordenaba diferentes tipos de bienes, tales como zapatos hechos de piel de lagarto, una bolsa de lagarto con corchete de oro puro, y un encendedor de oro con un dragón con diamantes incrustados en los ojos. , Como sea, era bastante absurdo. Tenía 40 trajes, 31 pares de zapatos, 15 relojes, etc. Creo que fue tanto la primera como última vez en mi vida que experimenté tan gloriosos días. En ese tiempo yo tenía 28 años y tenía energía, con el espíritu en alto, disfrutando completamente la vida tanto en mente como en cuerpo.

El Sr. Shigeeda solía venir a mi casa casi todos los días y teníamos una placentera charla. Un día él dijo, “Eres espléndido en aikido. ¿Te ofrecerías para enseñar en la Naval Tokkei?” La Naval Tokkei era el equivalente a la Armada de la Policía Militar en funciones, y el apodo era la abreviación de Tokubetsu Keisatsutai (Fuerza Especial de la Policía), su nombre formal en Japonés. La fuerza era responsable de mantener la paz pública, la ley y el orden en los distritos bajo su supervisión. Primero, él deber regular de los Tokkei parecía ser el supervisar las firmas comerciales Japonesas, pero ya que la Policía de la Administración Civil no podía supervisar a los miembros de la Marina, el Tokkei lo hacía. Por lo tanto, era una organización muy influyente. Fui presentado al Teniente Yamamoto, un líder de los Tokkei, por el Sr. Shigeeda, y fue inmediatamente decidido que enseñaría aikido a los Tokkei. Había 8 miembros de los Tokkei, y todos ellos habían sido cuidadosamente seleccionados. Por lo tanto, era natural que todos ellos fueran poderosos y con fuerza de voluntad, hombres típicos de la milicia. Al principio ellos no querían creer en las técnicas de aikido. Así que les pregunté, “¿Quién es él mas fuerte?” entonces respondieron, “el Sr. T es un 3er dan en judo, y 3er dan en sumo, él es el mas fuerte en Tokkei” Entonces le dije a él, “Por favor atacame en cualquier forma que gustes.” Él empezó con impacientemente. Era simplemente natural para él que se enojara. Un valiente hombre con un 3er dan en Judo y sumo como él pudo sentirse insultado cuando tal cosa se le dijo por un hombrecillo poco común como yo. Recuerdo mi estado mental en ese momento. Era tan calmado como el agua reflejante, y pacífico. Al menos no me sentí desconsolado. Pienso que fue la confianza personal que gané de mi experiencia en las peleas de Shangai que me hicieron sentirme en esa manera, aunque no estaba prevenido de ello. Tan pronto como él pisó hacia mí agresivamente, él saltó y trató de atacar mis caderas. Inmediatamente lo esquivé y ataque con un leve atemi a sus caderas. El se fue al suelo escalonadamente e inesperadamente admitió su derrota ante mí.

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