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¿Es el aikido simplemente un pasatiempo?

por Stanley Pranin

Aiki News #86 (Fall 1990)

Traducido por Jaime R. Rico

He aludido en artículos recientes a nuestras estimaciones sobre el grado de crecimiento del Aikido tanto en Japón como en otros países. Mientras que nuestras cifras son menores que varias de las estimaciones oficiales, creo que sin embargo representan una evidencia sólida de la penetración del aikido en las principales culturas del mundo. Con esto en mente, tengo varias ideas acerca de la forma en que se practica el aikido en varias escuelas hoy día, y en sus implicaciones en el desarrollo del arte a largo plazo.

El aikido es a menudo mencionado como un deporte cuando sale a colación en conversaciones con personas que no practican. Cuando esto ocurre, a veces ponemos objeciones al uso del término “deporte” e indicamos que el aikido es en realidad un “arte marcial”. Pero si miramos con detenimiento, descubrimos que la gente a menudo no usa el término “deporte” en el sentido riguroso de la palabra, y que lo que realmente quieren decir es algo así como una actividad de tiempo libre o pasatiempo, más que una actividad competitiva. Si nos detenemos y reflexionamos por un momento, muchos de aquellos dedicados a la práctica del aikido hoy día de hecho lo tratan como un pasatiempo, afición o forma de ejercicio.

¿Cómo se expresa esta actitud en el entrenamiento? Un área que inmediatamente viene a la mente es que, tal como el aikido se practica en muchos dojos, los movimientos del uke son poco más que caricaturas de un ataque. Esto es debido al énfasis en la ejecución de las técnicas en oposición a la enseñanza de los fundamentos básicos relativos a cómo ejecutar un ataque sincero y controlado. Los ataques flojos y descuidados son también una causa importante de crítica al aikido por practicantes de otras artes marciales. Aparte de que sea difícil o imposible ejecutar una técnica apropiada contra un ataque desganado, tal actitud relajada contribuye al desarrollo de hábitos de entrenamiento frívolos o lánguidos por parte de ambos, uke y nage. Estos son, en cambio, contraproducentes para el desarrollo de la fuerza muscular y de las articulaciones y del acondicionamiento global necesario para la práctica segura de las potentes técnicas del aikido. Creo que la principal responsabilidad de este acercamiento descuidado a la práctica del aikido yace en aquellos instructores que no han sabido comprender la esencia de los métodos e intenciones del fundador en la creación de su arte.

¿Necesitan ser efectivas las técnicas de aikido?

También se argumenta en ocasiones que las técnicas de aikido serían, en todo caso, de uso limitado en una situación real de lucha, y que incluso aunque lo fueran, cómo de efectivas lo serían ante un arma letal como una pistola. La premisa subyacente es que no es terriblemente importante que las técnicas que practicamos tengan una aplicación marcial. Por lo tanto, por extensión, dicen los defensores de este punto de vista, no hay nada malo en practicar de una manera agradable y relajada.

El mayor fallo que encuentro en esta manera de pensar es que pasan por alto las deletéreas consecuencias de tales prácticas en generaciones venideras de aikidokas. Si usamos el aikido enseñado por Morihei Ueshiba después del fin de la guerra como tabla de medida por la cual juzgamos el arte actual, ya podemos hallar que se enseñan hoy día muchas menos técnicas y que hay poco énfasis en áreas tan fundamentales como atemi, uso de armas y la práctica de grupos de técnicas como koshiwaza y hanmi handachi, las cuales fueron parte del currículo original del arte. Eso sin mencionar la casi total ignorancia de la fuente y contenido del mensaje espiritual del fundador. De continuar este proceso durante más tiempo, me temo que lo que en el futuro se haga llamar “aikido” en muchos dojos, llegará a ser irreconocible como tal.

El Aikido posee una rica herencia como una de las más importantes y dinámicas expresiones de la larga tradición marcial del Japón. Morihei Ueshiba, el creador del Aikido, infundió las complejas y sofisticadas técnicas que aprendió en su juventud con una visión humanística de las artes marciales como instrumentos para la resolución pacífica de conflictos. Es esta única combinación de forma, utilidad y ética la que es responsable del impacto del aikido sobre las generaciones modernas. De alguna manera, la visión del fundador fue tal vez demasiado revolucionaria. Parece que ha sido demasiado esperar que el mundo haga el considerable salto conceptual requerido para transformar las herramientas de guerra en instrumentos de paz. Visto desde esta perspectiva, el estado actual del aikido como una forma suave de ejercicio para ser seguida en ambientes relajados y amistosos no es sino un signo de los tiempos en que vivimos, donde cualquier cosa que sea fácil y divertida tiene más atractivo que actividades que producen recompensas como resultado del esfuerzo aplicado durante periodos prolongados.