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¿Artes marciales, Aikido y paz?

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por George Ledyard

Published Online

Traducido por Maria Briozzo

Lo único que está completamente asegurado en este mundo es el cambio. El cambio es constante, imparable. Todo el Universo está en constante movimiento. A cada instante se crean estructuras y desaparecen estructuras. Y, sin embargo, nada es separado, nada existe aislado de la Totalidad. El problema fundamental de la humanidad es que muy pocas personas llegan a entender verdaderamente este hecho. Los que lo hacen son llamados “espirituales”, “santos” o iluminados. El resto de nosotros pasamos nuestras vidas empecinados en actuar “como si” realmente fuéramos individuos separados. Queremos aquello que es estable, previsible. No nos molesta un poco de cambio siempre y cuando no sea rápido ni demasiado drástico.

Pero básicamente los seres humanos prefieren constantemente la creencia de que lo que ellos poseen y de lo que ellos tienen es de alguna forma permanente, que tiene cierta realidad. Esta es una de las causas esenciales de los conflictos. Queremos proteger lo que tenemos, queremos confirmar nuestra visión del mundo porque la simple idea de que lo que pensamos que creemos y que “sabemos” puede no ser real en algún sentido fundamental abriría las puertas al caos. Si lo que creemos no es necesariamente cierto, el sentido de nuestra propia existencia se ve desafiado.

La humanidad ha mostrado una y otra vez que prefiere masacrarse mutuamente en grandes números, causando una carga insoportable sobre sí misma, a aceptar este hecho. Los protestantes y católicos se han asesinado mutuamente en números no dichos por problemas que la mayoría hoy no recuerda. Hoy, algunos shiitas y sunitas comparten ostentosamente la misma fe y participan en carnicerías por diferencias que salieron a la luz por primera vez hace más mil años y que nadie fuera de su religión considera importantes. Nos matamos los unos a los otros por el color de nuestra piel, por la menor de las injusticias, por la más vaga percepción de amenaza.

¿Qué se encuentra en el corazón de la violencia? Miedo; simple y puro. No importa cuan complicado sea el razonamiento detrás de la lucha de un individuo, de un conflicto social, de una guerra a escala mundial, la causa raíz siempre es el miedo. Miedo a qué nos podemos preguntar. En realidad, miedo a todo. Si esencialmente no podemos aceptar la naturaleza de la realidad, entonces casi cualquier aspecto de la realidad puede hacernos recordar aquello que estamos tratando de no reconocer.

Como cultura nos preocupamos de que no podremos mantener nuestra posición como el país más rico del mundo. Estamos dispuestos a matar a nuestros semejantes, a gastar más en guerra que en educación, a gastar más en reconstruir lo que destruimos que en nuestros planes de salud… Preferimos hacer una guerra para proteger un estilo de vida que es insostenible a hacer los ajustes necesarios para seguir las inevitables fuerzas de cambio. ¿Por qué? Por miedo. Los ricos temen perder sus riquezas. Los pobres temen volverse más pobres. Vemos algo que alguien más tiene y nosotros queremos y tenemos miedo de que ellos sean de alguna forma “más” y nosotros “menos” por no tenerlo.

De lo que es crucial darse cuenta respecto a la naturaleza del universo es que el todo existe en equilibrio. El cambio es constante, todo dentro del sistema está en constante movimiento, pero el todo está en equilibrio. A nivel energético, si algún elemento del sistema va a un extremo, otro irá al extremo opuesto. De hecho se crean uno al otro. Es en el centro donde uno encuentra equilibrio. Aunque la posición del “centro” cambia constantemente, siempre existe un punto de equilibrio en el sistema. Si uno está interesado en cómo vivir con la menor cantidad de conflictos que sea posible, en tener tanta armonía como se pueda en la vida, es el centro lo que uno debe encontrar.

Una de las verdades esenciales revelada a través de milenios de experiencias espirituales es que el microcosmo es un reflejo directo del macrocosmo. Todo el conflicto que vemos hoy en el mundo existe dentro de cada individuo. De hecho, es el conflicto dentro de los miembros individuales del conjunto que producen el conflicto que uno ve en el mundo. Si la gente entendiera cómo encontrar el “centro” dentro de sí mismos que les permite saber donde están y quienes son sin importar hacia donde soplen los vientos de cambio, no habría conflictos, sólo movimiento.

¿Pero qué tiene que ver esto con el entrenamiento en artes marciales? ¿Cómo es posible que el entrenamiento en las artes de destrucción tenga algo que ver con crear Paz y eliminar las causas de los conflictos? La respuesta es que necesariamente no hay conexión. Las artes marciales fueron desarrolladas como herramientas para los conflictos, un resultado directo del miedo del que hemos estado hablando. Es muy posible entrenar con la intención equivocada y volverse simplemente bueno en derrotar a otras personas. Sensei Saotome, mi maestro, decía que si uno sólo domina las técnicas de pelea sin encontrar el equilibrio necesario para deshacerse del “lado oscuro”, uno se vuelve un simple matón.

Los japoneses, debido a circunstancias geográficas e históricas, lograron preservar su cultura marcial tradicional por más tiempo que cualquier otra cultura. No fue hasta 1850 que el Oeste impuso la realidad de que su cultura marcial estaba desactualizada y sin esperanzas. En un período histórico sin precedentes de rebeliones sociales drásticas, los japoneses pasaron de ser una sociedad feudal dominada por la clase de los guerreros que todavía usaban arcos y flechas, lanzas, espadas, etc. a ser una moderna sociedad tecnológica y, hacia fines de siglo, habían derrotado a la mayor potencia militar europea por mar y por tierra. Discontinuaron la clase de los Samurai, quienes tuvieron que buscar otras formas de ganarse la vida en una sociedad que de repente no los necesitaba.

Sabiendo mejor que cualquiera que sus artes marciales tradicionales no cumplían ninguna función real en un mundo de guerras tecnológicas, ¿por qué siguieron los japoneses no sólo entrenando sino que además crearon nuevas artes a partir de las viejas tradicionales? La mayoría de las artes marciales que se practican en Japón y que se conocen en el Oeste son creaciones bastante nuevas. Karate-do, Judo, Kendo, Iaido, Kyudo y Aikido aparecieron entre fines del 1800 y principios del 1900. ¿Por qué sintió el liderazgo japonés la necesidad de conservar las artes marciales cuando entraron en el mundo moderno?

Fue porque las personas responsables de hacer entrar a Japón en el mundo moderno entendieron que las cualidades que el entrenamiento en artes marciales era capaz de producir eran necesarias para los ciudadanos y líderes de cualquier país. Trabajo duro, disciplina, sacrificio y coraje son valores apreciados en cualquier cultura. El entrenamiento tradicional en un dojo de artes marciales puede producir estas cualidades. Muchos de los líderes que llevaron a Japón a la era moderna practicaron artes marciales.

No es mi intención transformar esta charla en una clase de historia. Es suficiente decir que los japoneses personifican el lado brillante y el lado oscuro de las artes marciales. La historia de Japón que lleva a la 2da Guerra Mundial muestra una rama de derecha, racista y militar, que usó las artes marciales para inculcar sus valores extremistas en la población y para crear la clase de disciplina necesaria para llevar a un país a la guerra. Los militares pervirtieron el entrenamiento tradicional en artes marciales de los clásicos samurai y los resultados fueron desastrosos. Este no es el aspecto de las artes marciales que queremos discutir.

Algunas de las artes marciales japonesas modernas son deportes. La competencia es el componente principal de su práctica. Originalmente, la competencia no era sobre ganar y perder, trofeos y campeonatos, sino que se llamaba shiai. En japonés esto quiere decir perfeccionarse probándose a uno mismo contra alguien más para beneficio mutuo. A medida que muchas artes se han concentrado más y más en ganarle al oponente, en estrategias para usar las reglas para tener ventaja, etc. se perdió este sentido del entrenamiento para pulir el propio espíritu.

Algunas artes como el Aikido, Iaido (espadas) y Kyudo (arquería) no se han convertido en deportes. No hay competencias y la práctica se enfoca completamente en perfeccionar el arte y como co-producto de buscar eso, se perfecciona el propio carácter.

En 1969 falleció el fundador del Aikido. Él había enseñado artes marciales desde 1920 y su arte había cambiado muchas veces a lo largo de los años a medida que su entendimiento espiritual se desarrollaba. Mi maestro, Sensei Mitsugi Saotome, entrenó con el fundador durante 15 años. Después de la muerte del fundador vino a los Estados Unidos donde yo lo encontré en 1976. He entrenado desde entonces.

Practiqué algunas artes marciales en la Universidad… algo de Karate, algo de T’ai Chi, pero nada serio. Vi un póster para una demostración de Aikido y fui. Treinta años después todavía estoy practicando. En este tiempo he estado casi todos los días en la lona. He pasado la mayor parte de mi vida adulta tratando de entender este arte. Nunca, ni por un instante, me aburrió. Lo que vi la primera vez que vi Aikido fue una arte que parecía sin esfuerzo. La energía era misteriosa, los movimientos hermosos. Cuando uno miraba a Sensei Saotome uno sabía que estaba mirando a un samurai moderno, pero el arte no parecía sobre pelear… de hecho, se veía falso. Era claro que había algo más en Aikido que lo que mi exposición superficial a las artes marciales me había dado.

Sé que hay muchas artes que puede enseñar estos mismos principios. Puede ser que Aikido sea una de las más populares y esparcidas pero las lecciones que se pueden derivar del entrenamiento de Aikido también se pueden lograr con otras artes. Sólo depende del maestro…

Pero Aikido fue creado específicamente para dar estas lecciones, no son sólo un co-producto de aprender a pelear. Si es algo, Aikido es aprender a no pelear. No quiero decir eso en la forma en la que muchos de Uds. lo tomarían. Aikido puede ser una forma muy eficiente de auto defensa. Pero es un arte cuyos principios involucran la conexión como fundamento de toda defensa. Cada técnica de Aikido involucra crear un canal de comunicación con el atacante y una completa aceptación de este ataque. Es sobre relación y sensibilidad, términos que normalmente no asociamos con pelear.

El entrenamiento en artes marciales puede ser una de las cosas más íntimas que se puede hacer con otra persona. Algunos meses de entrenamiento diario con un individuo y uno sabe prácticamente todo lo importante que se puede saber sobre otra persona. Es cierto que uno puede desconocer los detalles de su vida personal pero si intenta descubrirlos, rara vez uno se sorprende. No puede esconderse haciendo artes marciales, especialmente con Aikido. El entrenamiento requiere que uno enfrente las cosas a las que les tiene miedo, empezando simplemente con el miedo a ser lastimado y el miedo el dolor, pero más adelante todos los miedos… el miedo al fracaso, el miedo a la desaprobación del maestro, miedo a no verse bien, y así. El Aikido está diseñado para traer a la luz lo mejor de uno mismo, pero el entrenamiento también te mostrará todos los asuntos sin resolver con los que todavía te falta lidiar.

Muchas personas empiezan a practicar artes marciales por sus miedos y debilidades. De hecho, el número de personas que practican artes marciales y que empezaron su vida como chicos enfermos o que tuvieron alguna experiencia temprana traumática es sorprendente. Estas personas empezaron tratando de volverse invencibles. Ser tan fuertes que nadie pueda hacerles sentir miedo o indefensos de nuevo. Muchos practican por estos motivos. Si no encuentran al maestro indicado o el arte indicado, pueden pasar toda su carrera en las artes marciales usando el poder y el conocimiento que desarrollaron para esconderse de la vulnerabilidad que experimentaron en sus comienzos. Estas personas no superaron sus miedos ni los aceptaron, los encubrieron y escondieron en el fondo, empapelados con la ilusión de poder.

Aikido es un arte en el que es muy difícil volverse muy bueno si la motivación que se tiene es escapar de la necesidad de lidiar con los propios miedos. No es imposible, pero es difícil. Es imposible llegar a los más altos niveles del arte sin empezar a lidiar en alguna medida con los propios problemas.

El fundador de Aikido fue un místico Shinto. Su explicación de los fundamentos espirituales del arte era difícil de entender incluso para los japoneses modernos. Uno de sus principios básicos era que todos somos parte del todo. No hay separación real entre nosotros. El conflicto es causado por la ignorancia de este hecho, lo que nos permite actuar “como si” fuéramos separados. Él sabía que todos estamos íntegramente conectados, piezas en movimiento dentro del todo, pero de ninguna manera separados del todo.

Las técnicas de Aikido están basadas en este entendimiento. Cuando uno se para en frente del compañero en entrenamiento, lo primero que se hace es establecer una conexión mental entre ambos. Esto es esencialmente colocar la “atención” en el compañero. Esto hace que la conexión entre ambos pase a nivel conciente. Si se puede permanecer relajado y conectado de esta forma (sin miedo), se puede estar en sintonía con el compañero a tal punto que es imposible que él empiece a moverse sin sentir como se forma la idea de atacar. Es como si se lograra un equilibrio entre ambos que asemeja una vieja balanza (como la de la Justicia). Si se logra el equilibrio, y ambos lados de la balanza son iguales, entonces el más mínimo cambio de un lado de la balanza se verá reflejado del otro en exactamente la misma proporción.

Si uno puede relajar la mente lo suficiente, como para callar el diálogo interno y calmar la necesidad de tener miedo y atacar o huir, se puede lograr esta conexión con el atacante/compañero. Cuando empieza a iniciarse el ataque, en lugar de tener que preocuparse por la rapidez de la respuesta, uno ya está en movimiento. La velocidad no es en realidad un factor ya que uno se mueve en el momento correcto. El movimiento de la Mente debe preceder cualquier acción. Es el movimiento de la Mente el que mueve el cuerpo. Si uno está conectado a este nivel con otra persona se vuelve casi imposible que ellos se muevan más rápido que tu capacidad de respuesta. De hecho, sería correcto decir que uno no está respondiendo. Uno ya está ahí, en el centro del atacante con la mente antes que él empiece siquiera a atacar.

Un atacante muy habilidoso puede incluso reconocer que alguien que está así conectado no está realmente abierto para un ataque. Puede que incluso decida no atacar porque siente que el ataque ya ha sido derrotado antes de que se forme. Esto es porque el simple pensamiento de un ataque es fundamentalmente un entendimiento erróneo de la relación entre las dos partes. Un ataque es el resultado de ignorar la conexión esencial entre las dos personas que están interactuando.

Si el atacante no se encuentra tan sintonizado, manifestará su ignorancia iniciando el ataque. Así que ahora el defensor revelará su entendimiento de esta conexión ya existente aceptando totalmente la energía del ataque. Si ha enfrentado lo suficiente a sus miedos para no dejar que estos produzcan tensión en su cuerpo, puede aceptar el ataque y unirse a él físicamente, manteniendo el equilibrio que estableció a nivel mental cuando centró por primera vez su atención en el atacante.

Hacer esto es a la vez simple y muy difícil. Es simple ya que las habilidades motrices involucradas en la aceptación y en la unión con el ataque físico no son para nada complejas. Pero la relajación de la mente que se requiere es muy difícil de lograr. Requiere mucho entrenamiento y fuerza de voluntad para poder enfrentar a los propios miedos que crean la tensión en la mente y, en consecuencia, en el cuerpo. La mayoría de las artes marciales convencionales se centran en derrotar al atacante. Son esencialmente dualistas en su enfoque. El atacante es el enemigo y debemos derrotarlo. La única forma de restaurar la armonía del sistema cuando hay conflicto es eliminar el conflicto derrotando al enemigo.

En las artes Aiki, se logra la defensa dejando que el atacante se derrote a sí mismo. Uno usa la conexión con la conciencia del atacante para mover su mente de manera que mueva su cuerpo. No debe haber esfuerzo físico para forzar la técnica. Se debe dejar que sea lo que quiera ser. Esto se logra moviéndose. Debido a la conexión entre uno y el atacante, él se moverá si tú lo haces. Pero si tratas de moverlo no se moverá o se necesitará una aplicación de fuerza muy superior para moverlo. Así que, reiterando, movemos la mente del compañero para que su mente lo mueva.

¿Pero qué tiene que ver esto con la no-violencia y la Paz? Todo… Uno nunca será capaz de estar en paz con los demás hasta que no esté en paz consigo mismo. Aikido se trata de ponerse a uno mismo una y otra vez en una situación que está calculada para probar nuestros límites. La tensión que crea el miedo hace imposible lograr la conexión física del ataque necesaria para hacer la técnica con Aiki. Uno debe seguir lidiando con estos miedos y progresivamente dejarlos ir para poder ser capaz de progresar en el arte. Cada vez que haces una técnica aparecen estos lugares donde todavía estás insistiendo en forzar las cosas, donde no puedes dejar que simplemente la energía encuentre su propio camino.

Como dijimos antes, el macrocosmo se encuentra en el microcosmo. Los mismos principios que sirven en las técnicas que tienen lugar entre dos compañeros de entrenamiento de Aikido gobiernan las relaciones a gran escala entre las personas en el mundo. Podemos ver fácilmente que casi todos los conflictos del mundo son una reacción en contra de un cambio que la gente insiste en resistir. Encuentra su camino a través de décadas y décadas, a medida que acciones y reacciones siguen yendo y viniendo a lo largo del tiempo.

Si uno saca una instantánea de nuestra situación internacional actual, ¿quiénes son los grandes enemigos a los que les tenemos más miedo? Invadimos Iraq a cuyo dictador lo transformamos nosotros en una de las personas más poderosas del Este porque queríamos usarlo para combatir a los Iraníes. Hicimos esto a pesar de que conocíamos su tipo de carácter. ¿Por qué necesitábamos estar en conflicto con los Iraníes? No había ninguna razón histórica para la tensión entre nosotros. A principios de 1950 Irán eligió un presidente. Era la época del nacionalismo árabe y su presidente se dispuso a nacionalizar su industria petrolera debido a la radical creencia de que el país debía beneficiarse más de su propio petróleo. Nuestra CIA preparó un escenario bajó el cual nosotros derrocamos al presidente electo democráticamente para poner a uno de los nuestros, el Shah. El Shah gobernó durante décadas como un dictador en este estado no democrático y mantuvo su poder a pesar la gran oposición de los iraníes. Cuando finalmente fue derrocado el Shah, se lo identificó como una criatura de los EEUU y el nuevo gobierno transformó a los EEUU en el Diablo.

Así que en reacción a esta declaración tan clara de enemistad decidimos que no podíamos vivir con estos hombres, de forma que apoyamos a un psicópata despiadado en la vecina Iraq para disminuir su influencia. Pero nuestro chico de Iraq no jugó como nosotros queríamos. No se comportaba. Luego de la muerte de muchos cientos de miles de iraníes e iraquíes en una guerra que nosotros apoyamos, Saddam empezó a atacar a las minorías étnicas y luego invadió otro país vecino. De forma que tuvimos que intervenir de nuevo. Atrasamos décadas el desarrollo económico del país. Forzamos un embargo económico que impidió la recuperación del país y causó gran dureza en la población.

Por supuesto, el mayor conflicto en ese momento era nuestra guerra ideológica con el Comunismo Mundial (que en realidad no existe). Así que después de que Rusia apoyara a los vietnamitas para echarnos de su país, en un conflicto en el que murieron más de un millón de vietnamitas, un par de millones de camboyanos y quien sabe cuantos laosianos, todo por el concepto de esferas de influencia, decidimos que la invasión Rusa a

Afganistán era una gran oportunidad para vengarnos. Entonces gastamos millones de dólares y un gran despliegue de armas de alta tecnología en esta sociedad feudal, apoyando a un grupo de fundamentalistas islámicos con los que compartíamos prácticamente ningún principio. Lo hicimos porque estaban dispuestos a luchar contra el enemigo del sigo: la Unión Soviética. Nos glorificamos en la derrota de los rusos en Afganistán de la misma forma de que ellos se glorificaron en nuestra derrota en Vietnam. Desconozco cuántos afganos murieron en esa guerra.

Así nos encontramos hoy en una lucha a nivel mundial con los mismos fundamentalistas islámicos que apoyamos y entrenamos en Afganistán. Hemos invadido Iraq por segunda vez, esta vez para remover al dictador que previamente habíamos dejado en el poder porque no teníamos con quien reemplazarlo (¿cambió algo?). Y los iraníes, cuyos líderes nos recuerdan como aquellos que pusieron al Shah y derrocaron al líder electo popularmente, son ahora más poderosos que nunca. No podemos lidiar con los iraníes desde una posición de poder porque ellos con derecho nos ven completamente sumergidos en una guerra con Iraq que, en nuestra arrogancia, no pudimos anticipar. ¿Cómo se atreven a no estar agradecidos con nosotros por derrocar a su líder, que antes era nuestro amigo, a pesar de las atrocidades que estaba cometiendo?

¿Alguien no ven la tendencia aquí? Imponemos nuestro poder, forzamos nuestra voluntad en el mundo y continuamente nos sorprendemos cuando el resultado no es lo que esperábamos. Usamos fuerza, ya sea económica o militar, para mover las cosas de la forma que queremos, sin entender que toda la estructura es un sistema energético conectado. Sentimos cada vez más la necesidad de imponer soluciones en lugar de buscar el camino de beneficio mutuo. La diplomacia se ve ahora como casi el equivalente de acobardarse. Los verdaderos hombres tienen nombres y patean traseros. Ahora nos parece que está bien, no sólo ir a la guerra con alguien que nos ha atacado o que parece que nos va a atacar pronto, sino que sentimos que está bien atacar a alguien basándonos en que puede ser que algún día en el futuro tengan los medios para atacarnos. ¿No está claro que nuestro mundo actual es gobernado por el miedo?

Nuestro gobierno sabe que mientras sigamos teniendo miedo pueden hacer lo que quieran. Cada vez que nos levantamos y preguntamos un poco, sugieren que tal vez prefiramos otro camino, y renace la amenaza de aniquilamiento cultural por hordas de fascistas islámicos o ejércitos de indocumentados de piel morena que no hablan inglés.

Si uno entiende los principios básicos que gobiernan el arte del Aikido, es claro el despropósito de continuar de esta forma. Si nos asusta tanto perder nuestro suministro de petróleo, tanto que estamos dispuestos a existir en un estado de conflicto continuo, ¿no sería el camino al equilibrio desarrollar una fuente alternativa de energía? Podríamos usar una fracción del dinero que gastamos tratando de mantener el status quo internacional, que no es otra cosa sino el miedo al cambio del que hablamos, y usarlo para investigar y tener un reemplazo. Nos tomó 10 años poner al hombre en la luna. Definitivamente deberíamos poder resolver nuestros problemas energéticos.

En Aikido nos movemos de formal tal de guiar al oponente hacia donde lo queremos. Podríamos lograr lo mismo moviendo nuestro país hacia delante, resolviendo los asuntos que nos plagan… falta de dinero para la educación, falta de dinero para los servicios médicos, falta de dinero para innovación, etc. Si gastáramos nuestros recursos moviéndonos hacia delante en una forma positiva, el mundo nos encontraría sumamente irresistibles. Nos seguirían porque nos movemos.

Esto también está muy claro si uno mira los principios en acción en Aikido. Los esfuerzos para forzar al oponente a hacer algo resultan simplemente en su habilidad de resistir. Si el miedo gobierna las acciones, no se puede lograr la unidad que permite que la técnica proceda sin esfuerzo. De hecho, el acto de forzar la técnica le da la energía al atacante para derrotarla.

La globalización sigue golpeándonos la cabeza con el hecho de que todos somos parte de un todo, pero sin embargo insistimos en actuar como si fuéramos separados. Construyamos una reja para mantenerlos afuera. ¿Quiénes son “ellos”? ¿Por qué están tratando de venir? ¿Podría ser resultado de las fuerzas de Mercado que reverencian las mismas personas que quieren dejarlos afuera? Las fuerzas de mercado son sólo otra forma de hablar de energía. Cuando hay un desequilibrio, el sistema va a trabajar para corregirlo. Nos dimos cuenta que el control de precios en realidad no funciona, fue un intento de resistir el curso natural de la energía dentro del sistema. Pero pensamos que podemos crear el mismo tipo de barrera para el movimiento de componentes humanos dentro del sistema que intenta equilibrar la gran inequidad de riquezas que existe. Esto es muy evidente en el microcosmo del Aikido. Pero seguimos actuando como si pudiéramos salirnos con la nuestra en el macrocosmo.

En el entrenamiento de Aikido aprendemos a dejar ir nuestros miedos y nuestra necesidad de forzar las cosas según nuestra visión para sentirnos seguros. La seguridad de hecho reside en el conocimiento de nuestra conexión esencial. Si disminuimos a alguien más, nos disminuimos a nosotros mismos. Tal vez no en forma inmediata, pero en algún momento vuelve a nosotros. Si mejoramos a alguien más, nos mejoramos a nosotros mismos, al menos algún día.

Decenas de miles de personas mueren todos los días en nuestras rutas. Muchas decenas de miles mueren de enfermedades que vienen directamente de nuestras elecciones de estilo de vida. Vivimos con estos problemas y evitamos lidiar con ellos porque no queremos cambiar. El cambio da miedo. Pero tres mil personas mueren en un ataque terrorista y estamos listos para re-escribir los derechos de los ciudadanos, re-escribir los tratados de Suiza, para invadir oros países, desatender nuestros requerimientos sociales a favor de ser siempre fuertes, creando barreras para mantener afuera a los indeseables. Más armas, más leyes, mayor vigilancia, más barreras, más prisiones, más consecuencias… Esto es miedo trabajando. No se puede lograr equilibrio sostenible tratando las cosas de esta forma.

Es cierto que el hecho de que una persona decida entrenar en Aikido vaya a cambiar el mundo en una forma observable inmediatamente. Pero si esa persona lleva sus visiones al mundo puede influenciar a muchos más. Cuando la verdad se encuentra delante de nosotros es muy persuasiva. Reconocemos intuitivamente que hay un poder en la verdad que no se encuentra en las mentiras que nos decimos constantemente a nosotros mismos y mutuamente. ¿Cuántas personas se necesitaría, que empiecen a actuar sin miedo, que pudieran cambiar como se requiera en un mundo siempre cambiante, que entiendan que la comunicación es el principio de la resolución de conflictos… cuántos para que el sistema empiece a cambiar?

No puedo decir que soy personalmente optimista en que el conocimiento que está contenido en un arte como Aikido va a ser alguna vez ampliamente entendido. Se necesita trabajo, que la mayoría de la gente no quiere hacer, y requiere voluntad para cambiar, algo que la gente quiere hacer todavía menos. Sólo puedo decir que, cuando uno trata de hacer algo bueno en el mundo actuando de acuerdo con los principios aprendidos, la vida de uno será mejor, las relaciones serán más ricas, la relación con uno mismo más satisfecha. Vivir sin miedo lo transforma a uno en una persona muy poderosa en una sociedad donde la mayoría de las personas tiene miedo. Este poder es el poder para hacer el bien, para ayudar a la gente a vivir sus vidas con un poquito menos de dolor y sufrimiento. Tal vez eso es todo lo que puede hacer el entrenamiento. Eso es suficiente para que valga la pena hacerlo.